Cuando hablamos de maternidad entendemos al instante que hay unos roles establecidos socialmente que se supone son los adecuados: los padres que representan los límites, la autoridad y las respuestas correctas, y los hijos que están en constante cambio y necesitan esa guía para tomar decisiones.

 

Como mamás a veces sentimos que estamos perdiendo a nuestros hijos, porque a medida que crecen se vuelven más distantes y no tienen los mismos intereses. Pasamos de ser sus heroínas, que todo lo saben y todo lo encuentran a ser simplemente personas con quien ellos comparten la casa.

 

A pesar de que no exista una fórmula para ser la mejor amiga de tus hijos, hay algunos consejos que pueden fortalecer tu relación con ellos.

1. Confía en sus decisiones

Tenemos tan interiorizado el rol de autoridad que dejamos de lado el hecho de que nuestros hijos son también seres pensantes que nos pueden sorprender en la toma de decisiones. La base de la confianza es dejarlos elegir un camino y conocer las razones de fondo de esa decisión. Pregúntale a qué se deben sus acciones y no dejes que tu sesgo de adulto te lleve a razonar sobre una respuesta correcta o incorrecta. Tu hijo se está formando un carácter y estás ahí para participar de manera pasiva en ese proceso.

2. Encuentra el equilibrio entre ser su amiga y su mamá

Caminar sobre la línea que divide estos dos roles tan disímiles es complicado, pero no imposible, y cuando digo que soy amiga de mis hijos no me refiero a que saldría de copas con ellos o les contaría mis secretos más íntimos, ¡no! Se trata de un vínculo en el que ellos van a verme como la persona en quien pueden confiar y en la cual van a encontrar más que una reprimenda, palabras de amor y comprensión. Los niños se equivocan y debemos ser quienes establezcan los límites, pero esos límites no deben generar temor sino respeto.

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3. Déjalos experimentar sus emociones

Cuando nuestros hijos tienen esas típicas rabietas, los padres solo vemos dos caminos: esperar que se le pase y olvidarlo, o todo lo contrario tratar de razonar con ellos y enfadarnos porque no comprendemos nada. Para nosotros como adultos es muy absurdo que nuestro hijo haga un berrinche porque no quiere el caramelo azul sino el rojo, y tratamos de convencerle de que tome el azul porque sabe igual sin indagar sobre las razones de su frustración.

Debemos ser muy conscientes de que, a nuestros hijos, sus propias emociones los embargan y que es algo espontáneo. Tu hijo no está planeando el peor momento para hacer una rabieta, simplemente experimenta situaciones que lo llevan a perder el control.


Como mamá yo siempre recomiendo ponerse a la altura de tu hijo y entablar una negociación sobre la causa de su enfado o frustración, trata de comprender sus respuestas y ofrece una o varias soluciones, déjalo elegir, pero más importante déjalo experimentar esas emociones y que poco a poco aprenda como regularlas.

4. Abre la puerta al diálogo

Entablar conversaciones con nuestros hijos representa un gran reto, sobre todo cuando involucra hablar de temas específicos relacionas con la etapa que están viviendo. Lamentablemente nunca estamos preparadas para este momento, tenemos un montón de sesgos y prejuicios de nuestra propia experiencia de vida que abren un bache en la comunicación con ellos.

No hay una fórmula adecuada para abordar temas, ni tampoco hay temas espinosos, eso hace parte de nuestro sesgo. Las claves para una comunicación efectiva y asertiva son la escucha y la naturalidad con la que hablamos. Plantear el tema con un interrogatorio no es una buena opción, escuchemos su punto de vista y aterricemos esa idea en algo práctico que pueda servirles para su desarrollo.

 

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